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Crónica de un sinuoso camino al campeonato

Crónica de un sinuoso camino al campeonato

Crónica de un sinuoso camino al campeonato

POR JGARCIA

A lo largo de este título número 33 para la gloriosa historia riverplatense, el equipo, los hinchas y el ‘Mundo River’ atravesaron por todos los estados. Desde el puro éxtasis el domingo a la noche, la desilusión (en la Bombonera), la ira (en el entretiempo ante Gimnasia), y hasta -por qué no- el orgullo (ante Colón).

Es que River fue un equipo irregular de principio a fin. Arrancó ganando en casa (como en ocho de sus nueve presentaciones en el Monumental) y empatando afuera (frente a Newell’s y Estudiantes). Paralelamente, el equipo dirigido por Diego Simeone intentaba hacer lo que mejor podía en la Copa. Pero no se sabía a qué jugaba. Hasta la sexta fecha, contó con un “Burrito” Ortega en buena forma, activo, presente haciendo pesar esa cinta de capitán que le ceñía el brazo izquierdo, pero Ariel desbarrancó, tal como lo hizo River, y se quedó al margen del plantel desde la fecha seis a la once. Demasiado para el ídolo.

Pero cuando el “Burro” dejó el centro de la escena, apareció el “Enano” Buonanotte. Esta vez a River le creció un enano para bien en su circo. El chiquitín de Teodelina apareció ante Lanús y no desapareció más. En Rosario (en la primera derrota de River en el campeonato), intentaron hacerlo desaparecer a las patadas y, pese a que Collado dejó que le pegaran mucho, Diego se las rebuscó y marcó el gol millonario. Sin embargo, esa tarde, el corazón de Central doblegó a River. Dos semanas después, el que lo doblegó fue Boca, pero sin corazón de por medio. Sólo con embocar un cabezazo de Battaglia, al conjunto de la ribera le alcanzó para adueñarse del Superclásico. Un clásico que fue un verdadero espanto, como el que volvería a sufrir River ante San Lorenzo algunos días después.

Frente al equipo de Ramón,  River acumuló una derrota y un empate que lo dejó quedó afuera de la Copa Libertadores. Entonces, con el alma devastada, recibió por el Clausura a Gimnasia de La Plata, uno de los peores equipos del torneo. Pero en esos primeros 45 minutos, previo recibimiento de los jugadores con maíz, el equipo de Simeone jugó como si fuera peor que su rival. Pudo haber estallado el mundo, pero lo que estalló fue el genio de Ortega, en el segundo tiempo. Ariel, quien ya había dicho presente en cuentagotas ante Central y había sido titular ante Boca, volvía a jugar en Núñez después de mucho tiempo. Se cargó el equipo al hombro y -junto a Buonanotte y Ahumada- llevó a River a dar vuelta el resultado. Fue 4-2 y las fieras se calmaron. Pero por poco tiempo, porque después Ahumada abrió la boca, halagó a los de en frente y pareció que se pudría todo definitivamente. Además, porque comenzaron los run run de peleas internas: que al “Burrito” no lo quieren, que Abreu está peleado con los dirigentes, que el “Cholo” se va en junio, etcátera. River era un polvorín y del otro lado seguían en la Copa.

Pero River se iluminó. El “Cholo”, cual alquimista, mezcló en dosis exactas al equipo: una dosis de Ortega, una de Buonanotte, una pizca de Abelairas y Ahumada, y un toque de Abreu y Falcao, y logró la fórmula del campeón. El sprint final del equipo de Simeone fue sencillamente espectacular, bien de campeón. Como lo exigía la hinchada tras la inolvidable mancada ante el Ciclón. River puso de rodillas a Huracán, gracias al genio de los talentos de Ortega y al “Enano”, y en Santa Fe dio una demostración de coraje y amor propio que estos jugadores les debían tanto a los hinchas como a ellos mismos. Le ganaron, con uno menos, a un equipo ávido de puntos. Ortega volvió a brillar en el firmamento millonario, la justicia divina (que tarda, pero llega, sino fijate de qué manera quedaron afuera los que te jedi en Brasil) le hizo un guiño a Villagra y uno de los jugadores más regulares del campeonato (porotazo para Simeone) marcó, de vaselina (¿a qué te suena?), el 1-0. Alexis puso el segundo, Gandín nos hizo sufrir y Huracán lustró su chapa de arruina campeonatos en La Paternal ante Estudiantes.

Así se llegó al final, al que todos querían. River enfrentó a Olimpo a cancha llena, sabiendo que ni Boca, ni San Lorenzo (los verdugos del semestre) iban a ganar nada y esperando que Colón le diera una mano. Primero debía ganarle a Olimpo y lo hizo. Con dos golazos del “Enano” más gigante de todos, con el cerebral Ortega, con el batallador Ahumada, con el firme Carrizo y con los sorprendentes Villagra y Abelairas. Mientras que en La Plata, Colón aguantó ante el “Pincha” y en River, cuatro minutos después del final del partido, se pudo gritar bien fuerte, hasta que tiemble el cemento, “¡Dale Campeón!”. El premio a un grupo de jugadores que no se sabe si con los años quedarán en la historia de River, pero que sí han cortado una racha de sequía dolorosa contra todos los pronósticos. ¿El mérito? Que jamás dejaron de creer en ellos mismos y que se dieron cuenta, a tiempo, de qué camiseta estaban defendiendo. La más gloriosa del país. La que después de cuatro años pudo volver a estar en lo más alto, de donde jamás debió haber bajado. ¡Salud, River Campeón!


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